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Noticias · 01 de mayo de 2020

Tiempos de paciencia, ternura y solidaridad

  • Fuente: Abuelas
  • Autor: Abuelas

Sabemos lo que significa la paciencia. Llevamos casi 43 años de lucha para encontrar a nuestras nietas y nietos robados por la última dictadura.

Tras las críticas y la rápida declaración de inconstitucionalidad por parte de un juez, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires suavizó la restricción de salida para los mayores de 70 años, que incluía un permiso especial y multas por incumplimiento.

Estigmatizante e infantilizadora, la medida desnudó un discurso demasiado extendido que considera a los adultos mayores como incapaces, y bajo la excusa de protegerlos, violenta sus derechos.

En un sentido más general, la iniciativa del ejecutivo porteño se enmarca en un escenario complejo e inédito, en donde las soluciones –en todos los niveles– no alcanzan a resolver los enormes problemas que genera la pandemia.

En nuestro mensuario anterior, alertamos sobre los maltratos de las fuerzas de seguridad contra los sectores más vulnerables de la población y sobre la demanda de mano dura de la derecha (y hasta de estado de sitio), a contramano de la política oficial que prioriza la prevención, el cuidado y la solidaridad.

Desde una perspectiva de derechos humanos, debemos acompañar y ayudar a reafirmar el camino elegido. Ni el punitivismo ni el mercado por sí solo tienen nada sustancial para aportar en esta crisis. El Estado –con sus tres poderes– y la sociedad –con sus organizaciones– son los que han de guiar al pueblo en la actual encrucijada para que el porvenir sea más justo y más igualitario.

El desamparo de millones de compatriotas que no llegan a satisfacer sus necesidades nutricionales básicas, la mezquindad de los dueños de grandes fortunas que se niegan a ceder un pequeño margen de sus ganancias, y el amarillismo de muchos medios que desinforman y producen pánico, son tal vez los emergentes más visibles durante este aislamiento social, preventivo y obligatorio.

Pero debajo han ido apareciendo otros, como la vida de miles de presos en cárceles, la mayoría de ellos sin sentencia y acusados de delitos de subsistencia, y cuya salud está en grave riesgo por la superpoblación de los penales. La justicia, tan expeditiva para tratar los pedidos de domiciliaria de genocidas que sí tienen garantizadas sus condiciones de detención, debería abordar sin más dilaciones este problema de larga data.

Corren tiempos que requieren paciencia, ternura y empatía. En un contexto donde tantas hermanas y hermanos sufren el hambre y la pobreza, hay que mantener con firmeza el rumbo que nos ha preservado de una tragedia de proporciones incalculables, como están ocurriendo en otras latitudes. Pero esto incluye atender de manera urgente situaciones postergadas y agudizadas por cuatro años de neoliberalismo salvaje que hoy, crudamente, salen a la luz.

Sabemos lo que significa la paciencia. Llevamos casi 43 años de lucha para encontrar a nuestras nietas y nietos robados por la última dictadura. Nos falta restituir la identidad a más de 300. Sus familias legítimas los siguen esperando. Y desde Abuelas los seguimos buscando. Gracias a las nuevas tecnologías, nuestros equipos continúan trabajando para que estas mujeres y hombres que desconocen su origen, puedan conocer su verdad.

Y mientras nos quedamos en casa, a la espera de los besos y abrazos de nuestros seres queridos que ya vendrán, aplaudimos a quienes en esta hora difícil ponen el cuerpo y la vocación de servicio para mitigar los dolores e incertidumbres del presente. En todas ellas y ellos, brilla la esperanza de un futuro mejor.

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