Prensa

Noticias · 27 de mayo de 2021

“Para Bergés, las embarazadas eran una joya que teníamos que cuidar”

  • Fuente: Abuelas
  • Autor: Abuelas

Tras casi cuatro décadas, los sobrevivientes del genocidio siguen dando testimonio para que se haga justicia. Pablo Díaz, ex detenido en Pozo de Banfield, es uno de ellos.

Sobreviviente de la Noche de los Lápices, Pablo Díaz declaró en el juicio por los delitos de lesa humanidad cometidos en Pozo de Banfield, Pozo de Quilmes y Brigada de Lanús. Su contundente y conmovedor testimonio incluyó el relato del parto de Gabriela Carriquiriborde, cuyo hijo aún seguimos buscando desde Abuelas.

A Díaz lo secuestraron el 21 de septiembre de 1976 a las 4 de la mañana en su casa de La Plata. Tenía 18 años. “Ya habían sido secuestrados otros compañeros de distintas escuelas secundarias –dijo–. Me meten en un auto, llegamos a un lugar después de andar bastante, que reconozco años más tarde como el ‘Campo de Arana’”.

“Me dejan parado, contra la pared, más de 24 horas. Luego me llevaron a un cuarto, me ataron en un catre, el pulóver sobre el rostro, me desnudaron. Me preguntan qué participación había tenido en la UES, si era del Che, si era peronista, sobre las pintadas en los colegios… Cuando les decía que ninguna, me daban picana”.

“Máquina de la verdad” la llamaban cínicamente los genocidas. “Contame desde la primaria”, le exigió un coronel que lo interrogó. “Me preguntaba qué pensaba de las visitas a las villas miseria –contó Díaz–, donde yo había estado con la UES y la Juventud Guevarista”. “¿Para qué carajo ir a la villa si en su casa tienen todo?”, lo increpaba el represor.

Allí también fueron sometidos a un simulacro de fusilamiento. “Un capellán del Ejército vino a confesarnos para ‘ir más puros al cielo’”, recordó Díaz. “Una noche nos tiran al piso de un micro y nos llevan. Éramos 20 o 30. Al rato de andar se abre un portón, nos bajan y somos puestos en celdas individuales. Cuando estuve allí no sabía que era la Brigada de Banfield”, añadió Díaz y mostró un dibujo que hizo del lugar en 1984.

“Ahí me encuentro con Claudia Falcone, con Alicia Carminatti que estaba con su padre, Víctor Carminatti. Éramos muchos adolescentes y había embarazadas en estado avanzado. Estaba Gabriela Carriquiriborde, estuve con ella cuidándola en los últimos cuatro días antes de que entrara en trabajo de parto. Stella Maris Montesano de Ogando también dio a luz a su hijo cuando estuve. Cristina Navajas de Santucho estaba casi en fecha cuando me fui”.

“La primera semana no comimos nada. Dormíamos y hacíamos nuestras necesidades en el piso. Recién después nos sacaron de las celdas. Nos golpearon, nos llevaron desnudos a los baños, mujeres y hombres, ojos vendados, y ahí escucho a uno que se dice médico y que luego reconozco como Jorge Antonio Bergés, que se ocupaba de las embarazadas, las cuidaba, para él eran una joya que teníamos que cuidar. ‘Si tienen ganas agárrense a las otras’, les decía a los guardias”.

Bergés ubicó a Díaz en la celda con Gabriela para que la asista. “Cuando Gaby empezó con los dolores me tomó la mano y me dijo ‘Pablo, ya viene’. Golpeamos las puertas –como les habían ordenado–, ‘Viene mi hijo’, decía, abren la celda, la ponen encima de una chapa y se la llevan. A la hora escuchamos el llanto del bebé, los chicos se pusieron contentos, cuando vuelven los guardias nos dicen que había sido un varón y que a ella y al bebé los iban a llevar una chacra, le grité a Repetur (compañero de Gabriela) lo que dijo el guardia, lo creíamos. Luego vino el parto de Stella Montesano, no pude verla, pero sí escucharla y nos dicen lo mismo”.

“Una noche, a fines de diciembre de 1976, hay un movimiento grande en Pozo de Banfield, empiezan a subir gente por las escaleras gritando y supimos que estaban pasando por lo mismo que nosotros cuando llegamos. Eran ocho o nueve, entre ellos Cristina Navajas de Santucho, que estaba embarazada. A Claudia (Falcone, desaparecida de la Noche de los Lápices) la ponen con ella para cuidarla. Llega Navidad, se oyen las bombas de estruendo y los guardias festejan. Esa noche Claudia me cuenta que había sido violada”.

El 28 de diciembre un mayor del Ejército le anunció: “Al final se decidió que vas a vivir, te pasamos al PEN (Poder Ejecutivo Nacional)”. “Éste está para tirarlo”, dijo Bergés. En ese momento Díaz pesaba menos de 40 kilos. Al saber de su traslado, quiso ver a Claudia y ella le pidió que vaya a lo de la madre y le diga que ella estaba bien. “Me vuelve a decir que había sido violada, que nunca más había podido ser mujer y me pide que todos los 31 de diciembre brinde por ellos. Tengo presentes las voces de los chicos, Claudio, Horacio, Panchito, es la última vez que los vi”.

Junto con otro detenido, fue llevado a la Brigada de Investigaciones de Quilmes. “El trato empezó a ser muy diferente, las celdas tenían una ventana desde donde podíamos ver la luz y comíamos todos los días”. De allí, el 2 de febrero de 1977 fueron llevados a la Unidad Penal N°9 de La Plata. “Me llevan al sol, me tratan de curar en la enfermería y recién el 28 de febrero mi familia se enteró que estaba ahí. En la primera visita, le pido a mi hermana que vaya a lo de Claudia. Y a la siguiente, ella me dice que Claudia no había aparecido”.

“Hay discusiones banales, cuantitativas”, sostuvo Díaz, “pongan en fila a 9 mil personas, a la primera desnúdenla, pónganle picana en la vagina o el pene, arránquenle las uñas y viólenla hasta cansarse, péguenle un tiro en la nuca, levántela y tírenla en una fosa común. Ruego por una sola persona, por un solo ser humano, y piensen en 9 mil en fila si acaso quieren, cuantitativamente, obviar 20 mil más. Nunca le saquen la responsabilidad al ser humano de lo que es capaz de hacer, y pregúntense qué es la justicia”, les solicitó a los jueces del TOF N° 1 de La Plata.

Y, quebrado por el llanto, exigió: “Sáquenles la prisión domiciliaria a los represores, entiendan, el de lesa humanidad es el peor crimen en el mundo”. Y concluyó: “Ojalá no haya otros 37 años de espera”.

Sobre el mismo caso declararon en el juicio la sobreviviente Nora Ungaro y su hermana Marta, ambas a su vez hermanas de Horacio, desaparecido de la Noche de los lápices. Nora Ungaro evocó el secuestro de Horacio y su amigo Daniel Racedo y el suyo 15 días después. Tras permanecer en cautiverio en Arana y Pozo de Quilmes, fue liberada a los 20 días. En su exhaustivo testimonio, Marta recordó a Inés Ortega, madre de uno de los nietos restituidos por Abuelas, y todo el peregrinaje de su familia para lograr justicia.

En la causa hay 18 represores imputados, entre ellos Miguel Etchecolatz, el ex médico policial Jorge Bergés y Juan Miguel Wolk, responsable del Pozo de Banfield. Abuelas es querellante junto con los nietos restituidos Carlos D’Elía, Victoria Moyano Artigas, María José Lavalle Lemos y su hermana María Lavalle; con Pablo Díaz, y con Graciela Borelli Cattaneo, hermana de un ciudadano uruguayo víctima del Plan Cóndor.    
Seguir Leyendo