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Noticias · 05 de julio de 2022

"Mi abuela siempre nos buscó a los tres"

  • Fuente: Abuelas
  • Autor: Abuelas

Paula Eva Logares, la primera nieta restituida a través de un análisis genético, declaró en el juicio por los delitos de lesa humanidad cometidos en Pozo de Banfield, Pozo de Quilmes y Brigada de Lanús.

“Mi mamá, Mónica Sofía Grinspon, y mi papá, Claudio Ernesto Logares, ambos argentinos, se conocieron por cuestiones laborales. Mi papá trabajaba en el Banco Nación y mi mamá en un ministerio, estudiaron juntos en la Facultad de Agronomía de la UBA, militaron juntos, formaron pareja y se casaron. Vivíamos en Haedo, provincia de Buenos Aires. Pero tuvieron que renunciar a sus trabajos por la militancia y decidieron mudarse a Uruguay. Primero fue mi papá para encontrar trabajo y dónde vivir, después fuimos mi mamá y yo. En Uruguay los dos trabajaban con sus nombres reales, en blanco, en una entidad de crédito para la vivienda. Un día feriado, cuando me llevaban a mí al Parque Rodó a jugar, nos secuestraron a los tres. Nos encapucharon. Yo tenía 23 meses. Con el tiempo me di cuenta que a mí también me encapucharon porque no me gustaba lo oscuro y no tener noción del espacio. Nos secuestraron a los tres allá y nos trajeron a la Brigada de San Justo. Viví la desaparición con mis padres. Tengo esa memoria, tengo ese recuerdo, aunque me resulta un lugar difícil de acceder por protección personal”, contó.

“Después aparecí anotada como hija propia del subcomisario de la Brigada de San Justo, Luis Lavallén, y quien figuraba como madre era Raquel Leiro, uruguaya. Mis padres, cuando se fueron de Argentina, dejaron de militar, cortaron sus vínculos y sus actividades políticas. Cuando nos trajeron de vuelta, pasé por la Brigada con ellos hasta que me sacaron de allí. Tengo recuerdos muy feos, de estar llorando mucho, de estar en una habitación de hotel, de que me quisieron cambiar el nombre y no pudieron… Tardé mucho en elaborar estos recuerdos. Yo tomaba como un juego que me llamaran de una manera distinta, jugaba un tiempo y después siempre me quedaba con mi nombre de nuevo. Lavallén era una persona violenta en la comisaría, en la calle, con su mujer, a la que golpeaba delante de mí. Hace un tiempo, por un reportaje, fui al Pozo de Banfield y me di cuenta que quizá también estuve ahí, siendo niña, no como detenida sino con Lavallén, es posible, y sé que él no me encontró en una plaza abandonada sino que supo quiénes eran mis padres”, relató.

“Mis abuelos de inmediato empezaron a buscarnos acá y en Uruguay. Mi abuela (Elsa Pavón, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo) siempre nos buscó a los tres. Agradezco estar hoy acá y formar parte de esta realidad. Es claro que esta historia sigue teniendo efecto hoy: saber qué pasó con mis padres es algo pendiente y abierto. En aquel momento, al principio, las Abuelas publicaban fotos de niños buscados y así les llegó una información de una niña que parecía no pertenecer a su familia, y era yo, que para entonces tenía unos 6 años. Y el primer día hábil de la democracia presentaron la denuncia ante los tribunales para que se investigara mi identidad. Pasó un tiempo y un día me llevaron a sacar sangre, no me dijeron para qué, y un año después, en diciembre de 1984, me llevaron al Palacio de Tribunales y ahí un camarista, de apellido D’Alessio, a solas, me habló de la dictadura y me explicó que quien decía ser mi padre no lo era, y que estaba mi abuela que me buscaba. La hizo pasar a ella, que había ido con fotos mías con mis padres, y en una aparecía una prenda tejida que ella llevó también, me la mostró, me habló, entré en crisis, me puse a llorar, me tiré a descansar un rato, me desperté y a partir de ahí me fui a vivir con mi abuela”, añadió.

“Tuve custodia policial permanente durante dos años. La mía fue la primera restitución judicial y con análisis de sangre. El juicio por mi apropiación duró varios años. A diario, prácticamente, íbamos a la sede de Abuelas de Plaza de Mayo con mi abuela. Ella trabajaba con las abogadas, pero también estaba la cuestión social, no menos importante. La gente decía “ahora la separan de su familia”, pero yo nunca pedí volver con Lavallén y su mujer, en ningún momento quise volver a verlos. Me contaron todo lo que había pasado, fue un momento crítico, fuerte, pero en ningún momento quise irme del lado de mi abuela. Sin embargo, ellos sí se aparecían en la puerta de la escuela, en la calle, en cualquier lado, pidieron una visita en el juzgado que yo no quise, yo estaba haciendo terapia –algo que imponían desde el juzgado–, pero tuve que aceptar, eso sí, acompañada, y preparé unas preguntas. A ella le pregunté por qué me había mentido durante tantos años, y a él le pregunté qué había hecho con mis padres. La visita fue breve y no se volvió a repetir”, concluyó.

Paula, a quien anotaron como si fuera más chica, casi dos años menos, pegó un estirón cuando empezó a vivir con su abuela. En su declaración se refirió también a “los huecos” que genera el terrorismo de Estado, en las familias por caso, y señaló que recién en 2018 conoció a su abuela paterna que vivía en Mar del Plata. Pero además habló de la reparación, no sólo de la justicia, sino de la trama social. Al respecto contó sobre la reparación del legajo laboral de su padre que hizo el Banco Nación, junto con los de otros trabajadores desaparecidos, y su propia incorporación a la entidad a partir de ese hecho para abocarse a dicha tarea. Tras ella, durante todo su testimonio, sentada en la primera fila de la sala del TOF N° 1 de La Plata, estuvo su abuela, acompañándola, como siempre.

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