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Noticias · 17 de diciembre de 2018

“Escucharon llantos en el placard de un baño y estaba yo, vivito”

  • Fuente: Abuelas Córdoba
  • Autor: Katy García / Agencia Prensared

Santiago Nicola, quien busca a un hermano o hermana nacido en cautiverio, declaró en la Causa Montiveros y reivindicó la lucha de su abuela, Irma Ramacciotti.

El Tribunal Oral Federal N°1 de Córdoba juzga a una veintena de policías y un militar por crímenes de lesa humanidad -secuestros, tormentos y homicidios- ocurridos entre marzo y julio de 1976, en la causa Montiveros. Tranquilo y con mucha seguridad, Santiago Nicola contó el largo proceso que le permitió reconstruir a partir de relatos familiares, recortes de diarios, y de información oficial posterior, cómo sucedieron los hechos que terminaron con la vida de sus padres y salvaron la suya cuando sobrevivió a los disparos.

Tenía 45 días cuando, el 26 de marzo de 1976, el Comando Radioeléctrico llevó adelante un megaoperativo en la vivienda de Pasaje Bello, dando muerte a su padre José Luis Nicola y a sus compañeros de militancia Vilma Ethel Ortiz y Gustavo Gabriel Olmedo. Aquel día, su abuela Irma Ramacciotti de Molina recibió el llamado de su hija Lucía que le avisaba que “habían cercado la manzana y que por favor vaya a buscar al bebé”. De inmediato, se dirigió al D2 y días después lo encontró en la Casa Cuna. Tuvo una audiencia “con la monja Monserrat Tribo y no quiso entregarme esperando que vaya mi mamá”, explicó Santiago. Esta religiosa es la misma que fue citada a declarar en la megacausa La Perla por la sustracción del nieto de Sonia Torres y huyó al exterior con la complicidad de la Iglesia.

A partir de una entrevista que Irma mantuvo con el oficial de policía Ríos -un ex alumno, en primer grado- se enteró de lo que pasó y la ayudó a buscar el cuerpo de José Luis. Vía judicial logró la tenencia de Santiago. “Sorprendió a la policía cuando, luego de ametrallar la casa, con muchos disparos, entraron y encontraron abatidos a mi papá, a Vilma, a Gustavo y escucharon llantos en el placard de un baño y estaba yo, vivito, y me llevan a la Casa Cuna”, contó y añadió: “A la semana, mi abuela, que era muy persistente, fue a la casa a constatar cómo había quedado después de haber sido dinamitada y el vecindario le contó que se habían llevado los muebles y pertenencias”.

Vivió con su abuela hasta los tres meses y luego con su madre, en Villa Ballester. Al tiempo, ella formó pareja con Rodolfo Goldín. En abril de 1977, allanaron esa casa con el mismo modus operandi. Le contaron que “Rodolfo estuvo en La Perla, que había sido torturado con alevosía por su condición de judío y que lo mataron en un enfrentamiento fraguado en Monte Grande”. De su madre no se supo nada. Estaba embarazada de cinco meses y medio. Él fue llevado a la Casa Cuna de La Plata y fue recuperado por segunda vez. Pudo armar una pareja y su hija estaba presente en la sala. Le pidió al Tribunal que “busquen a su hermano o hermana” para que recupere su identidad y encuentre a la familia.

Le agradeció a la familia Molina que lo crió y reivindicó la labor de Irma -reconocida militante, primero en Familiares y luego en Abuelas Córdoba- quien, dijo, debería estar allí pero falleció hace siete años. Y recordó: “Ella me enseñó a mantener la memoria, decir la verdad siempre y buscar justicia”. 

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