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Noticias · 06 de junio de 2018

El amor no tiene nada que ver con la apropiación

  • Fuente: Abuelas
  • Autor: María Eugenia Sampallo Barragán

La primera nieta restituida que fue querellante contra sus apropiadores relata, a diez años de aquel juicio, cómo fue el proceso y su experiencia.

Era el martes 19 de febrero de 2008 cuando mis apropiadores se sentaron frente a un tribunal para responder por lo que habían hecho conmigo treinta años antes, una mañana calurosa y húmeda como la de cualquier otro febrero en Buenos Aires. Aquel día se hacía público el juicio que desde hacía siete años venía llevándose adelante por haberme separado de mis padres y mi familia y haberme inscripto con un nombre falso con el que viví hasta el año 2001. Aquella primera audiencia comenzó con el retraso que luego se mostraría normal en todas las demás. Estábamos presentes todas las partes: el matrimonio que me había inscripto como a su hija -María Cristina Gómez Pinto y Osvaldo Arturo Rivas- representado por los defensores públicos oficiales, el militar que me había entregado a aquella pareja -Enrique José Berthier- con su abogado, la fiscalía y yo como querellante junto quienes me representaban. Enfrente de todos nosotros el tribunal; tres hombres que hasta entonces no habían mostrado ningún apuro en querer finalizar el juicio. Como en toda primera audiencia se mezclaban extrañamente la ansiedad, una especie de euforia, la impotencia soportada durante tanto tiempo y la sorpresa de ver que, al fin, lo que había estado oculto salía a la luz. Gómez, Rivas y Berthier se negaron a declarar aquel día y pidieron no asistir al resto del juicio.

El jueves siguiente declaré por primera vez en una audiencia pública y también sentí la misma mezcla de emociones aunque incrementadas por tener que hablar en público de los hechos más tristes y traumáticos de mi vida. La sala estaba llena de amigos, amigas, gente querida, algunos miembros de mi familia, muchas personas conocidas y también extraños. En aquel momento la prensa se hizo eco de lo que sucedía de una forma totalmente inesperada. Los titulares en los diarios expresaban con sorpresa que una nieta recuperada querellara a sus apropiadores.

Continuaron las declaraciones aquel jueves y durante cuatro audiencias más. Mi abuela, mis tías, mi hermano, compañeros de militancia de mis padres, sobrevivientes, peritos y el militar que me entregó. Escuché cada declaración con curiosidad por saber si cada uno de ellos decía algo nuevo, algo que no conociera hasta entonces y lo cierto es que muy pocas cosas me asombraron. Sin embargo, hacia el final del juicio conocí a alguien que por primera vez me contó sobre mi madre embarazada en el centro clandestino de detención en donde estaba secuestrada. Lamentablemente la oportunidad para presentar testigos había pasado.

Siguieron los alegatos, el de la fiscalía, el nuestro, los de las defensas; en ellos los abogados defensores no tuvieron ningún reparo en agredirme a mí y a mi familia, en ser hirientes y crueles. Finalmente, el viernes 4 de abril los jueces dictaron su sentencia y condenaron a Gómez, Rivas y Berthier a una pena ínfima comparada con lo que habíamos pedido tanto la fiscalía como yo. Una semana más tarde el tribunal dio a conocer los fundamentos del fallo. Los jueces tampoco fueron tímidos a la hora de expresarse; me dedicaron unos cuantos párrafos para explicarme que no debía buscar venganza sino que debía ser razonable a la hora de pedir una condena. Y con eso casi había terminado el juicio por mi apropiación. Faltaban algunos trámites más y mis apropiadores, que habían pasado mucho tiempo con prisión preventiva, en poco más de dos años quedaron en libertad.

Ahora me parece fácil poder resumir todo lo que pasó entonces pero fueron muchos años de desconocimiento, incertidumbre y esfuerzo. Mientras conocía a mi familia, la historia de mis padres, mi historia, se volvió cada vez más importante acusar y lograr una condena contra mis apropiadores. Al principio mi interés estuvo puesto en conseguir la documentación en la que se reflejaran datos verdaderos, apenas un papel con los nombres de mis padres, mi apellido, mi nombre; la fecha y el lugar de mi nacimiento aún siguen siendo una incógnita para mí. Mientras tanto mis apropiadores me denunciaban por haber mentido al declarar y un fiscal comenzaba a investigarme a mí y a otros testigos. Así, poco a poco, mi interés en el expediente judicial creció y, al ver que la abogada de mi abuela no tenía en cuenta mis intereses, decidí presentarme como querellante. Una de las primeras cosas que pedí fue que el fiscal se apartara. Si bien no lo logré, este dejó de intervenir ya que la causa pasó a la etapa de juicio ante un tribunal con un nuevo fiscal. Allí aparecieron nuevos escollos y dilaciones, pedidos de las defensas a los que los jueces hacían lugar amablemente. Así pasaron siete años de papeleo y horas de espera, pero cada minuto valió la pena.

Muchas cosas quedaron fuera. De todas las personas que participaron en mi apropiación solamente fueron juzgadas tres; el médico que firmó mi partida de nacimiento falsa murió en 1980; aun no sé quiénes atendieron mi nacimiento. Tampoco quién secuestró a mis padres ni cuál fue su destino pues permanecen desaparecidos.

Hace diez años, casi cuando el juicio llegaba a su fin, dimos una conferencia de prensa. En ella leí algunas palabras que había escrito. Me interesaba transmitir la idea de que el amor no tenía nada que ver con la apropiación porque me molestaba profundamente que periodistas y todo tipo de personas me preguntaran si no me habían criado bien, si no me habían querido. Hoy sigo pensando lo mismo y tristemente veo que muchas veces se vuelve a hablar de las buenas personas que no solo ocultaron sino que mintieron cada día de sus vidas a quienes les robaron una parte de su realidad. Eso sigue siendo cruel y perverso y una forma de mitigarlo es a través de la Justicia.

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