1. a. Función de “El Vesubio” en el circuito de centros clandestinos:

Según un trabajo elaborado por el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) sobre “El Vesubio”1, se trataba de un “chupadero”, término que los represores utilizaban para denominar a los lugares de detención en donde se alojaba a las víctimas inmediatamente después del secuestro. A partir de allí, se decidían sus traslados a otros centros clandestinos, su liberación o su asesinato2. El sobreviviente Jorge Watts coincide en esta descripción: otro detenido le relató que los represores le habían explicado que existían dos tipos de centro clandestino de detención: los “chupaderos tácticos” y los “chupaderos de alojamiento”, y que “El Vesubio” era un “chupadero táctico”, es decir, un lugar de primer destino luego del secuestro, en donde se producían las primeras torturas e interrogatorios y en base a eso se tomaba la decisión del siguiente destino de los prisioneros: la liberación, el traslado a un “chupadero de alojamiento” o la muerte.

Así, este campo era un lugar de alojamiento transitorio, un centro de tortura más que de “depósito” de detenidos.

1. b. Cantidad de prisioneros:

Según el sobreviviente Jorge Watts, “El Vesubio” tenía normalmente entre 30 y 40 detenidos, que se renovaban constantemente. Éste número aproximado varió en la última etapa de funcionamiento del centro clandestino, a partir de la segunda mitad de 1978, cuando comenzó la etapa de desmantelamiento. Según Watts, cuando se tomó la decisión de “levantar” el centro clandestino, se detuvieron los traslados a otros campos de concentración, y los detenidos comenzaron a acumularse, habiendo hasta dos y tres detenidos en cada “cucha”. De los testimonios de sobrevivientes que estuvieron allí en esta etapa, se desprende que hubo momentos en que se alojó allí hasta 75 personas, aproximadamente.

De acuerdo a los datos que maneja este equipo de investigación (y que seguramente se ampliarán al complementar este trabajo con la información reunida por otros equipos), hemos podido registrar el paso de 451 personas por el centro clandestino de detención “El Vesubio”. De ese total, 381 personas se encuentran identificadas con nombre y apellido, y de 70 se tienen datos filiatorios parciales y descripciones físicas. A su vez, de ese total de 451 prisioneros clandestinos, 104 fueron liberados, 255 fueron asesinados o permanecen desaparecidos, y respecto de los 92 restantes se ignora el destino posterior al paso por el campo de concentración.

1. c. Registro de los prisioneros:

Varios sobrevivientes coinciden en afirmar que los represores llevaban listas y fichas en las que se registraba a los detenidos ilegales que pasaban por “El Vesubio”. De hecho, era frecuente que la tarea de completar las fichas, mecanografiar las listas y registrar las “altas” y “bajas” fuera asignada a un grupo de prisioneras mujeres, que eran llevadas a la “Jefatura” para realizar estas tareas.

Diariamente se tomaba lista a los detenidos (esto se hacía cada vez que cambiaba la guardia) y se realizaban partes informativos.

Este dato sobre el registro que los represores llevaban respecto de los detenidos, es confirmado por el agente penitenciario e integrante del CCD Néstor Cendón3. El represor presentó ante la justicia una ficha biográfica “tipo”, de las utilizadas en “El Vesubio”. Esas fichas contenían, entre otros, los campos “nombre y apellido”, “lugar y fecha de nacimiento”, “prontuario”, “estudios” y “profesión”.

En su testimonio en la causa “Primer Cuerpo”, la sobreviviente Mercedes Joloidovsky declara: “A los que sabíamos escribir a máquina nos hacían hacer el listado de los prisioneros del lugar por cuadruplicado. Uno para el primer cuerpo del Ejército, otro para el segundo y otro para el tercero, el cuarto no sé a dónde iba. Este listado tenía nombre y apellido y fecha de detención”.

Cuando recién eran ingresados en el centro clandestino, a los detenidos se les decía que se olvidaran de sus nombres, y se les asignaba una denominación compuesta por una combinación de una letra y un número (por ejemplo, M17, M11, V19).

Esta clasificación correspondería a la organización en la que militara el prisionero. Según el sobreviviente Eduardo Jaime José Arias, “había gente a quien llamaban por la letra «E» [o una «R»] seguida de un número de uno o dos dígitos y que serían supuestamente del ERP, a otros con la letra «M» que serían de Montoneros y otros con la letra «V» que sería de Varios”4.

1. d. La comida:

Los prisioneros eran alimentados, en el mejor de los casos, una vez al día. Se les daban guisos de arroz, fideos, porotos, lentejas o a veces locro, que a menudo se encontraban en mal estado, con gusanos o gorgojos. En contadas ocasiones, durante las etapas más permisivas, se les daba por la mañana mate cocido, y a veces algún pedazo de pan.

Parte de la vajilla que se utilizaba para alimentar a los detenidos llevaba el escudo del Ejército Argentino. En otros casos, llevaba la inscripción “Fabricaciones Militares”.

Algunas versiones indican que la comida destinada a los detenidos era traída desde el Regimiento de Infantería 3 de La Tablada. Según otros testimonios5, la comida era traída diariamente en camionetas de Aeronáutica, y provenía de la Unidad Penal Nº 19 de Ezeiza (dependiente del Servicio Penitenciario Federal).

1. e. Ropa:

Una vez ingresados en el centro clandestino, los prisioneros eran despojados de su ropa, y se les daban otras prendas, raídas y rotas, que eran extraídas del depósito de ropa ubicado en “la Jefatura”.

Al menos durante una etapa (mediados de 1978), a los hombres detenidos se les retiró también esa ropa y se los obligó a vestir una especie de uniforme que consistía en un pantalón y una chaqueta marrón (el sobreviviente Jorge Watts lo describe como “el viejo uniforme marrón terroso del Ejército”, y Faustino Fernández como “una especie de traje de fajina del ejército”).

1. f. Baño:

En general, los detenidos eran llevados al baño una vez por día. En algunos casos, eran llevados de manera individual. Otras veces, se los ha llevado en tandas, vendados y en fila, tomados de los hombros de la persona de adelante. Aunque hubo períodos de mayor rigor, en los que los detenidos directamente no tenían acceso a instalaciones sanitarias, y debían hacer sus necesidades en latas, que permanecían dentro de las celdas durante varios días, hasta que los represores decidían sacarlas.

Durante esas etapas, los prisioneros tampoco podían bañarse. En otras épocas más “flexibles” (sobre todo en el período previo al desmantelamiento del CCD, y en relación a los detenidos que serían “legalizados”), eran sacados de las celdas y llevados a las duchas aproximadamente una vez por semana.

1. g. Utilización de la “Jefatura” para detenidos:

Como se explicó antes, la “Jefatura” era el lugar en donde permanecían los represores. No obstante, en ocasiones también eran llevados allí algunos detenidos, sobre todo mujeres. Muchas de ellas sufrían allí los abusos sexuales de Durán Sáenz, cuando éste comandaba el centro clandestino. Además, había grupos de detenidas que eran obligadas a realizar allí tareas “domésticas” y “administrativas”, ya sea cocinar, lavar ropa, limpiar, registrar datos de “las altas y las bajas” de los detenidos mediante el uso de máquinas de escribir, o incluso escribir “informes” sobre el funcionamiento del centro clandestino, “diagnósticos situacionales” y “perfiles psicológicos” sobre los detenidos (en general, estas últimas tareas se encomendaban a prisioneras que eran psicólogas)6. En algunos casos, a las detenidas que eran utilizadas para “trabajar” en la “Jefatura” se les daba de comer allí. Generalmente, eran llevadas allí por la mañana, y a la noche eran regresadas a la casa en donde estaban las “cuchas”.

Cuando se realizaba un traslado del sector denominado “las Cuchas” hasta lo que llamaban “la Jefatura”, los detenidos eran metidos en la caja de una camioneta y realizaban un trayecto que duraba alrededor de dos minutos.

1. h. Procedimientos de tortura:

En “El Vesubio” se efectuaban sesiones de tormentos mediante distintos procedimientos: aplicación de corriente eléctrica, golpes de puño y con otros elementos, latigazos, quemaduras de cigarrillos, submarino y submarino seco, y simulacros de fusilamiento, entre otros. 

A menudo, los prisioneros no sólo eran torturados sino que eran forzados a presenciar la tortura de familiares, amigos o compañeros que también estaban detenidos allí7

Las sesiones de torturas se producían periódicamente, cada dos o tres días, como forma de “ablandamiento” y amedrentamiento constante, además de como método de extracción de información. De hecho, en la pared de telgopor de una de las salas de tortura los represores habían fijado la inscripción: “Si lo sabe cante, sino aguante”8.

Otro de los métodos para atormentar físicamente a los prisioneros era lo que los represores denominaban “orden cerrado”, y que consistía en obligar —especialmente a los hombres— a realizar ejercicios de entrenamiento físico cuasi militar9.

1. i. Violaciones:

Las violaciones y los abusos sexuales a las detenidas por parte de torturadores y guardias eran una práctica corriente en “El Vesubio”. Varias sobrevivientes describen esta práctica como “sistemática”, de la cual tampoco estaban exentas las prisioneras embarazadas. En algunos casos, este tipo de sometimiento fue llevado al extremo de que el jefe del centro clandestino, que se alojaba en el lugar durante la semana, elegía a una prisionera a la cual mantenía “a su disposición” en su dormitorio. Esto sucedió tanto durante el período de mando de Alberto Neuendorf como en el de Pedro Alberto Durán Sáenz.

1. j. Asesinatos (enfrentamientos fraguados, quema de cadáveres y “vuelos de la muerte”):

Numerosas víctimas de “El Vesubio” fueron asesinadas en enfrentamientos fraguados: eran trasladados desde el centro clandestino para ser fusilados y luego sus cuerpos aparecían en escenarios de supuestos tiroteos. Los dos casos más paradigmáticos son los de los enfrentamientos fraguados de Monte Grande y de Del Viso. En el primer caso, un grupo de al menos 14 detenidos de “El Vesubio” fue trasladado el 23 de mayo de 1977, para aparecer acribillado en la localidad de Monte Grande al día siguiente. Los cuerpos fueron inhumados en el cementerio local10, y la prensa publicó una lista con los nombres de los “abatidos”, que provenía de un comunicado oficial del Comando de la Zona I del Ejército. En el segundo caso, dos prisioneros de “El Vesubio” —Gabriel Eduardo Dunayevich y Federico Julio Martul— fueron trasladados, fusilados y luego “colocados” en el escenario de un supuesto asesinato, en lo que en la prensa del momento se conoció como el “triple homicidio de Del Viso”, el 3 de julio de 1976. Los cadáveres aparecieron con un cartel que decía “Yo fui Montonero”.

También existen numerosos testimonios de sobrevivientes, familiares y hasta represores del CCD “El Vesubio”, que indican que otras prácticas comunes en el centro clandestino eran la de “trasladar” a prisioneros en “vuelos de la muerte” similares a los de la Escuela de Mecánica de la Armada, y la de incinerar los cuerpos de los asesinados.

Según consta en la causa “Primer Cuerpo”, la familia de Laura Feldman —prisionera de “El Vesubio” que aún permanece desaparecida—  recibió un llamado de un desconocido que se presentó como “Javier”, quien les dio datos que demostraban que tenía información sobre Laura. Esta persona “expresó que la búsqueda del cuerpo de su hermana Laura sería infructuosa, pues los cautivos en «El Vesubio» eran asesinados en la Compañía de Ingenieros 10 de Pablo Podestá ya que allí se incineraban los cuerpos. Que allí había una «tosquera» o «cava» que servía a tales fines”.

El sobreviviente Jorge Watts, por su parte, declaró en esa misma causa que a algunos prisioneros “aparentemente los llevaban a Campo de Mayo y los trasladaban en aviones del Ejército similar a lo que ocurría con los de la Marina en la ESMA”. Y agrega que “otra versión indica que en el Regimiento 6 de Mercedes los quemaban en un horno, pero no tengo certeza”. Y también relata que el represor Roberto Zeoliti admitió, en una de las causas penales que investigaron los delitos cometidos en “El Vesubio” (y que están agregadas a la causa “Primer Cuerpo”), que “había escuchado comentarios de la gente que venía a buscarlos en automóviles Falcon, a algunos los ponían en el baúl del automóvil y los llevaban a la Base Aérea del Palomar y los tiraban al mar o al río”.

Sobre el destino de los cuerpos de los asesinados en el centro clandestino, el represor Néstor Cendón (en declaración incorporada a la causa “Primer Cuerpo”), reconoció que “era de conocimiento, por los comentarios del personal del CRI y de «Vesubio» que (...) con la participación de la Fuerza Aérea se arrojaban cuerpos al mar”. Cendón declaró también que “en cuanto al destino de los cadáveres y la forma de hacerlos desaparecer, (...) una forma era incinerarlos en los lugares aceduados, por ejemplo, el Cementerio de la Chacarita, que se lo hacía en horas no habituales de acceso al público; o se los sepultaba en fosas comunes bajo la denominación «NN»; también la Fuerza Aérea proporcionaba aeronaves con el objeto de arrojarlos al mar”.

También en la causa “Primer Cuerpo” consta la denuncia anónima de un represor que actuó en “El Vesubio” —quien sólo se identifica como “Juan”—, en la que da datos que demostrarían su actuación en ese centro clandestino, dado el conocimiento que muestra respecto del funcionamiento del lugar. Según se reseña en la resolución del juez Rafecas del 23 de mayo de 2006 en el marco de esa causa, el represor no identificado afirma que los detenidos que pasaban a “disposición final” (un eufemismo para el asesinato) “eran llevados a Luján, donde eran inyectados con una droga que los adormecía, que luego eran incinerados en un horno que allí funcionaba, que quien dirigía estas tareas era un Coronel o Teniente Coronel (Justo Jacobo) Rojas Alcorta, que era en ese momento Jefe del Regimiento (de Infantería Mecanizada 6) de Mercedes y participaba personalmente de los fusilamientos y cremaciones”.

Otro de los represores que actuó en “El Vesubio”, Segundo Fernando Aguilera, declaró ante la CONADEP 11. Allí, consta que: “El dicente vio aplicar picana a detenidos; que se les pegaba con un hierro «del 8» en las rodillas, el «submarino», aplicación de bolsa de polietileno en la cabeza, cerrando a la altura del cuello, para provocar asfixia. Le consta que murió un detenido, sintiéndose el dicente horrorizado al ver que el cuerpo fue despositado en un tanque de 200 litros para destruir toda evidencia, para lo cual echaban goma de cubiertas o cámaras, kerosene, procedimiento que observó durante tres días, hasta que le manifestaron que ya se había obtenido la incineración total del cuerpo”.

Por otra parte, se sabe de al menos dos casos de asesinatos en el mismo predio del centro clandestino. El de Darío Emérito Pérez, que según uno de sus compañeros de cautiverio fue asesinado a patadas por uno de los represores12, y el del prisionero Luis Pérez, quien murió el 1 de agosto de 1978 a raíz de las sesiones de tortura a las que fue sometido, que le provocaron múltiples lesiones internas y gangrena en una pierna. Según su compañero de cautiverio Jorge Watts, el cadáver de Pérez habría sido quemado en el mismo predio de “El Vesubio” en un tambor de 200 litros. El sobreviviente Horacio Russo también coincide en la referencia respecto de la quema del cuerpo: “Al día siguiente (de la muerte de Pérez) se sentía un olor a goma quemada y desde la guardia misma salió el comentario de que se trataba de la quema del cadáver de Pérez”. Y lo mismo sostuvo Roberto Arrigo, quien afirmó que “al poco tiempo (de la muerte de Pérez) nosotros escuchamos (sic) olor a goma quemada y escuchamos (sic) también olor a carne quemada los guardias hablan de un tal, horno que había, que habían llevado a alguien al horno”. El ex detenido de “El Vesubio” Juan Antonio Frega declaró también que  “yo he escuchado, hemos escuchado (sic) en muchas oportunidades olor, olor a, a goma quemada y a carne, eso nosotros, yo también eso lo declaré en varias de las causas en las que declaré, que era toda la sensación de que había cuerpos que se estaban quemando (...). Nosotros en varias oportunidades escuchábamos, sentimos olor de goma quemada mezclada con, con piel que es muy característica la piel quemada”.

1. k. Etapas diferenciadas en el funcionamiento del CCD:

Según se reconstruye a partir del relato de los sobrevivientes, el funcionamiento de “El Vesubio” atravesó distintas etapas, en las que variaba el rigor con el que se trataba a los prisioneros, el trato entre los represores y la frecuencia de las “visitas” de represores de alto poder de mando. Incluso, existían enfrentamientos internos entre los represores que se desempeñaban en el lugar, en torno al modo de funcionamiento del campo de concentración, el trato a los detenidos y, a veces, su posterior destino.

De acuerdo con lo relatado por la sobreviviente Ana María Di Salvo, por ejemplo, durante el año 1977 hubo cambios notorios en el funcionamiento del CCD. Hasta marzo/abril de ese año, había un movimiento constante de los prisioneros dentro de “El Vesubio”: en esta etapa, era frecuente el traslado diarios de detenidos (en general, mujeres) a “la Jefatura”, para que realizaran allí tareas de mantenimiento, limpieza y diferentes “servicios” a los represores (servirles la mesa, confeccionar informes, mecanografiar listas, etc.). Asimismo, el régimen respecto de los detenidos alojados en las “cuchas” era relativamente “permisivo” (durante las noches, en ocasiones se les permitía tener la luz prendida, conversar y, a veces, tomar mate).

No obstante, pocos días después de la Semana Santa de 1977, hubo un cambio en el manejo interno del centro clandestino, y el régimen se endureció. El grupo de detenidas que era llevado a “la Jefatura” dejó de ser trasladado allí. Los prisioneros en las “cuchas” eran obligados a permanecer quietos y callados a lo largo de todo el día, no se les permitía pedir para ir al baño ni conversar entre ellos. Si eran encontrados comunicándose entre ellos, las represalias tomaban la forma de brutales palizas. Este endurecimiento del trato duró cerca de quince o veinte días, y luego se regresó a la modalidad anterior.

Estos cambios en el funcionamiento del centro —y las fechas en las que los ubican los sobrevivientes— coinciden de hecho con el momento en el que la Central de Reunión de Informaciones (CRI), que dependía del Regimiento 3 de Infantería de La Tablada y administraba el CCD, dejó de funcionar con sede en “El Vesubio” y fue trasladada a dependencias del Regimiento13.

El comienzo de la etapa de desmantelamiento del centro clandestino puede ubicarse aproximadamente a mediados de 1978, entre agosto y septiembre. Según el sobreviviente Jorge Watts, la decisión se tomó luego de grandes discusiones entre los represores que comandaban el centro clandestino. Entre los factores que intervinieron, estaban los cambios de jefaturas en el Ejército y los comentarios sobre la supuestamente inminente llegada de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA. Aunque esta visita finalmente se postergó, igualmente se tomó la decisión de “levantar” el centro clandestino de detención.

Aproximadamente el 22 de agosto hubo un reforzamiento de la guardia. Y luego, ya en septiembre, el trato se flexibilizó, se permitió a los prisioneros bañarse por primera vez, y la comida mejoró un poco, como consecuencia de que el número de detenidos comenzaba a reducirse a partir de los primeros traslados de detenidos a unidades militares (como se describirá en el apartado siguiente).

Esta relativa mejoría en el trato es atribuida por algunos sobrevivientes, a raíz de comentarios de los guardias, a que los oficiales del Ejército no querían “hacerse responsables de las muertes”14. Incluso, hubo recambio de represores: algunos dejaron de ir, y aparecieron otros nuevos.

1. l. Traslado y liberación de detenidos:

Los traslados de prisioneros eran rigurosamente registrados por el personal que administraba el centro clandestino. Según declaró ante la Justicia Roberto Zeoliti, uno de los guardias de “El Vesubio”15, “quien venía a buscar un detenido, pasaba primeramente por la casa 1, donde le daban una tarjeta con la identificación del mismo, esa tarjeta se la entregaba el que venía en busca del detenido al declarante [Zeoliti], que a su vez la juntaba con la que él poseía como control en casa 3, y que se hacía salir al detenido, con destino que el declarante ignoraba (...). En cuanto a los detenidos que no regresaban, al dicente se le informaba que había que darles «de baja», ante lo cual, entregaba las dos tarjetas a la mesa de operaciones, que era el sitio donde se llevaban los ficheros generales, la casa 1”.

Hacia el final del período de funcionamiento del CCD, cuando los represores decidieron desmantelarlo, el procedimiento tuvo características muy puntuales, aunque hubo también una sistematicidad en cuanto al método de “blanqueo” de los prisioneros que todavía estaban alojados allí.

Entre agosto y septiembre de 1978 los represores dividieron a los prisioneros en dos grupos, de acuerdo a su destino: los que serían liberados y los que serían trasladados. A los que serían liberados se les obligó, bajo amenaza de muerte, a firmar declaraciones escritas de antemano, en las que admitían pertenecer a alguna organización armada. “A las 35 personas que van a liberar  —declaró Jorge Watts en el Juicio por la Verdad de La Plata— las dividen en cinco grupos de entre seis y ocho personas que en cinco noches sucesivas son llevadas en el mismo vehículo a cinco unidades militares diferentes16. En mi caso esto sucedió el 12 de septiembre de 1978”. En varios de estos casos, se utilizaba para el traslado una camioneta con caja cerrada que, una vez ingresados los detenidos, se cerraba con un candado. En las unidades militares los soldados tenían llaves para abrir los candados que habían cerrado los represores en “El Vesubio”, y sabían de antemano en dónde tenían los detenidos las declaraciones que se les obligó a firmar en el centro clandestino. Al recibir a los prisioneros, los militares del correspondiente regimiento les tomaban una nueva declaración sobre la base de la anterior. En caso de querer rectificar la declaración firmada en “El Vesubio”, los detenidos eran amenazados con volver al lugar de detención clandestina17. Luego de estos traslados, se los sometía a Consejos de Guerra. En el caso de las últimas 35 personas que fueron trasladadas de “El Vesubio” en esta última etapa, todas fueron llevadas ante el Consejo Permanente de Guerra 1.1 o Consejo de Guerra Especial Estable 1/1 (en Palermo), dependiente del Primer Cuerpo de Ejército y presidido por el coronel Juan Carlos Bazilis.

1. m. Actuación de los represores:

El centro clandestino “El Vesubio” reunió a represores de todo tipo de fuerzas militares y de seguridad. Se sabe que, al menos, participaron allí como guardias, torturadores y secuestradores miembros de: Servicio Penitenciario Federal, Policía Federal, Policía de la provincia de Buenos Aires, Ejército, Aeronáutica, Prefectura y Gendarmería Nacional. También actuaron civiles que colaboraron con las fuerzas represivas.

Una buena parte de los represores que actuaban en “El Vesubio” tenían apodos de animales (“Sapo”, “Caballo”, “Ratón”, “Vaca”) o de letras griegas (“Gama”, “Beta”, “Delta”, “Epsilon”).

Era común que cada represor tuviera, simultáneamente, un nombre de cobertura (un apellido falso) y un apodo. Tal era el caso de Diego Salvador Chemes (nombre de cobertura “Chávez”, apodado “El Polaco”), Jorge Raúl Crespi (nombre de cobertura “Moreno”, apodado “Teco”), José Néstor Maidana (nombre de cobertura “Matos”, apodado “Paraguayo”) o José Alfredo Autilio (nombre de cobertura “Asís”, apodado “El Francés”). De esta manera, se dificultaba aún más la identificación de la identidad de los represores por parte de los prisioneros ilegales.

De la misma manera, había apodos que se repetían en distintos represores, lo que aumentaba la confusión del detenido. De esta manera, por ejemplo, dentro del centro clandestino había entre dos y tres represores apodados “El Francés”, y varios oficiales que ostentaban el grado de teniente coronel eran apodados “Teco”, como apócope informal de ese grado militar.

En general, dentro del centro clandestino los represores no vestían uniformes, sino que estaban de civil, aunque algunos sobrevivientes pudieron reconocer bajo la venda los típicos borceguíes y botas de caña alta utilizados por militares, policías y penitenciarios. Otros testimonios coinciden en el dato sobre los borceguíes, y afirman que varios de los represores vestían mamelucos azules, aunque quienes realizaban la guardia externa (fuera de los edificios) vestían de civil.

A veces, algunos represores mantenían “discusiones” políticas con los prisioneros, y manifestaban que ellos estaban defendiendo “el sistema occidental y cristiano en la Argentina”.

De acuerdo a los relatos de los sobrevivientes, las guardias las llevaban a cabo agentes del Servicio Penitenciario Federal, y los interrogadores y torturadores eran en general oficiales del Ejército o policías.

Existían rivalidades entre los represores, a veces de acuerdo a la fuerza a la que pertenecían, otras a raíz del trato más duro o más flexible que cada uno tenía respecto de los prisioneros.

En “El Vesubio” funcionaban equipos bien diferenciados según las tareas que tenían asignadas: los jefes, los interrogadores y torturadores, los guardias y las patotas (aunque en más de un caso un represor podía formar parte de más de un grupo y cumplir varias de estas tareas en forma simultánea).

1. m. 1. Jefes del CCD:

El primer jefe del centro clandestino “El Vesubio” fue el oficial del Servicio Penitenciario Federal Alberto Neuendorf (a) “Neuman”, “El Alemán” o “Hitler”. Durante el transcurso de 1976, fue reemplazado por el coronel del Ejército Pedro Alberto Durán Sáenz, quien estuvo al mando del campo de concentración aproximadamente hasta julio de 197818. En la última etapa de funcionamiento del CCD —entre julio y octubre de 1978— fue uno de los represores apodados “El Francés” el que actuó como jefe del campo (v. sección “Represores identificados en «El Vesubio», de esta investigación).

1. m. 2. Las guardias:

Las guardias eran rotativas y duraban 24 horas (por 48 horas de descanso). Consistían en dos o tres represores instalados en el interior con los detenidos, y aproximadamente ocho ubicados afuera. Según el testimonio de algunos sobrevivientes, existía un sistema de alarma o llamadas entre los guardias, que consistía en luces y botones que funcionaban silenciosamente, algunos de ellos instalados incluso en las salas de tortura19.

Cada guardia era conocida entre los represores por el apodo de quien la comandaba: “Fierrito”, “Paraguayo”, “Pancho” (esto varía según el período que se tome, pues hubo cambios de represores con el paso del tiempo). Al comienzo y al final de cada guardia se pasaba lista a los detenidos. Con cada turno variaba la flexibilidad o el endurecimiento del trato respecto de los prisioneros, y en general las guardias nocturnas tenían un régimen un poco más permisivo.

1. m. 3. Las “patotas”:

Con este término se denominaba dentro del centro clandestino a los represores que participaban en los operativos de secuestro y traslado de prisioneros. Solían estar conformadas por personal perteneciente a los servicios de Inteligencia de las diferentes fuerzas. Según relata el sobreviviente Jorge Watts, la “patota” no residía en “El Vesubio” (como los integrantes de las guardias), sino que venían del Regimiento de Infantería 3 de La Tablada. Y agrega que la presencia del personal de las “patotas” era parcial durante el día, pero que se repetía cotidianamente.

Además de los operativos de secuestro, las “patotas” se encargaban de realizar los denominados “lancheos”, que consistían en llevar a detenidos ilegales en su poder a identificar en la calle a compañeros suyos, “marcar” viviendas y reconocer a secuestrados.

1. m. 4. Interrogadores y torturadores:

Generalmente eran personal jerárquico de los servicios de Inteligencia de las diferentes fuerzas. Recibían a los prisioneros de mano de las “patotas”, y se encargaban del primer “ablandamiento” de los detenidos, consistentes en las sesiones de tortura e interrogatorio. También participaban de la decisión sobre el posterior destino de las víctimas.

1. m. 5. Visitas de represores de alta jerarquía:

El centro clandestino era visitado con frecuencia por represores de alta jerarquía, pertenecientes en general a dependencias del Primer Cuerpo de Ejército, Servicio Penitenciario Federal y jefes de áreas, zonas y subzonas de las que dependía operativamente “El Vesubio”. Entre ellos, según los prisioneros que lograron verlos, se encontraron Suárez Mason, Minicucci y Sasiaíñ. Cuando se producían estas visitas, los detenidos eran obligados a limpiar las “cuchas” antes de la visita.

1. m. 6. Atención médica:

Se sabe de la presencia de al menos un médico —aunque no se ha podido determinar si estaba en “El Vesubio” de manera permanente o concurría en ocasiones puntuales—, que atendió a detenidos con heridas graves (quebraduras, heridas de bala), aunque no se trataba de revisaciones médicas detalladas sino de algún “arreglo” temporario. En otra ocasión, una detenida que padecía una crisis de nervios fue atendida por un supuesto médico, quien le aplicó una inyección para dormirla.

También hay testimonios que mencionan a un supuesto médico que en ocasiones les suministraba calmantes y, en algunos casos, hasta vitaminas.

Otros sobrevivientes indican que durante sus sesiones de tortura se encontraba alguien que hacía las veces de médico (ignoran si efectivamente lo era), que controlaba el estado de los detenidos e indicaba si los tormentos podían continuar.

Habría habido un detenido que era médico y había sido “quebrado” por los represores, quienes lo hacían atender a algunos detenidos (no está confirmado que sea la misma persona que otros mencionan como el médico del lugar). Este prisionero médico es mencionado, entre otros, por el sobreviviente Juan Antonio Frega, quien declara que en ocasiones asistía a las sesiones de tortura, aconsejaba a los torturadores sobre el estado físico de los detenidos, en ocasiones recetaba algún medicamento a los prisioneros en peor estado de salud, y llegó a atender heridas y lesiones producidas a los prisioneros durante los operativos de secuestro o las sesiones de tormentos.  

1. m. 7. Antisemitismo:

Según relatan varios sobrevivientes, los represores de “El Vesubio” se ensañaban con los prisioneros de ascendencia judía. Las paredes de las salas de tortura, de hecho, estaban “decoradas con cruces svásticas” y con frases como “Viva Hitler”. Una ex detenida-desaparecida20 narró que en una ocasión los responsables de las listas de detenidos modificaron los apellidos de dos prisioneros en las listas que llevaban los represores, para disfrazar su condición judía y “protegerlos” de los guardias más antisemitas.


1 Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). Un caso judicial revelador. Colección “Memoria y Juicio”. Publicado en www.cels.org.ar.

2 La sobreviviente Estrella Iglesias afirmó que, mientras era llevada al centro clandestino luego de su secuestro, los represores le dijeron: “Por ahora no estás detenida, ni desaparecida, ni nada. Solamente chupada, absorbida”. En: CELS. Un caso judicial revelador. Colección “Memoria y Juicio”. Publicado en www.cels.org.ar.

3 En declaraciones incorporadas a la causa “Primer Cuerpo”, citadas en la resolución del juez Rafecas del 23/05/06.

4 Estos mismos datos son confirmados por uno de los represores procesados en la causa “Primer Cuerpo” por su actuación en “El Vesubio”.

5 Del sobreviviente Jorge Watts, y del represor de “El Vesubio” Norberto Cendón (v. causa “Primer Cuerpo”).

6 También, en una ocasión los represores obligaron al historietista Héctor Oesterheld (que se encontraba en cautiverio allí) a confeccionar un texto sobre San Martín para publicar en forma de historieta.

7 Es paradigmático el caso de Irma Márquez Sayago, quien era forzada a presenciar la tortura de su hijo Pablo Míguez, de 14 años, también detenido en “El Vesubio”.

8 Testimonio de Jorge Watts en el Juicio a las Juntas (causa nº 13/85, 1 de julio de 1985).

9 Este procedimiento es descripto por el juez Daniel Rafecas en la causa “Primer Cuerpo” (v. resolución del 23/05/06, procesamiento de represores del CCD “El Vesubio”): “Dentro de las alternativas generales y sistemáticas de castigo ideadas en el centro también estaba el llamado «orden cerrado» (una práctica habitual así denominada, destinada al entrenamiento físico y disciplinario de los integrantes de las fuerzas armadas y de seguridad, no necesariamente punitiva), que consistía en compeler a los secuestrados a efectuar variados ejercicios físicos del mismo estilo disciplinario-castrense hasta el límite de sus fuerzas, sin contemplación alguna respecto de las escasas energías que tenían quienes vivían en un contexto pleno de carencias, especialmente alimentarias y de descanso”.

10 Fueron identificadas las siguientes 14 personas: Luis Alberto Fabbri, Catalina Juliana Oviedo de Ciuffo, Daniel Jesús Ciuffo, Luis María Gemetro, Luis Eduardo De Cristófaro, Nelo Antonio Gasparini, María Cristina Bernat, Julián Bernat, Claudio Gimbini o Giombini, Elizabeth Kasserman, Rodolfo Goldín, Mario Sagroy, Esteban Adrián o Adriani y Manuel Arasymiw o Aratmiw. A su vez, durante las investigaciones al respecto han surgido otros nombres de prisioneros de “El Vesubio” que fueron trasladados ese mismo día, pero cuyos cuerpos no fueron identificados dentro de este grupo: Jorge Antonio Capello, Ofelia Alicia Cassano, Juan Marcelo Soler Guinard, Irma Márquez Sayago de Míguez y su hijo Pablo Míguez.

11 Legajo CONADEP nº 5848.

12 El sobreviviente Hugo Luciani declaró, en testimonio que consta en la causa “Primer Cuerpo” (v. resolución del 23/05/06) que “vio a un detenido de nombre Emérito Darío Pérez, a quien «Ronco» mató a patadas, que murió agarrado de él”.

13 En la resolución del 23/05/06, en el marco de la causa “Primer Cuerpo”, el juez Rafecas sostiene que: “A comienzos del año 1977 —entre los meses de marzo y abril—, se produce una intensificación de la actividad desarrollada en este centro clandestino. Dicha circunstancia generó que el Comando de la Brigada de Infantería Xa., a cargo en esa época de Juan Bautista Sasiaíñ, dispusiera que el Centro de Operaciones Tácticas de la unidad –la Central de Reunión de Información- pasara a funcionar en las dependencias del Regimiento de Infantería 3 de La Tablada, más concretamente en la enfermería del mismo”.

14 Testimonio de Juan Antonio Frega en el Juicio por la Verdad de La Plata (causa nº 70/SU, 15 de agosto de 2001).

15 Ampliación de declaración indagatoria de Roberto Carlos Zeoliti en la causa “Primer Cuerpo” (citada en resolución del juez Rafecas del 23/05/06).

16 Ver más adelante el apartado “Conexión con otros centros clandestinos y dependencias represivas”.

17 Este proceso de “legalización” es descripto por el juez Rafecas, en la causa “Primer Cuerpo”: “La transición de la condición de detenido-desaparecido a la de detenido-legalizado guardaba habitualmente ciertas características comunes. Luego de un tiempo variable de permanencia en «El Vesubio», eran dejados amordazados, atados y encapuchados y con una confesión escrita de su vinculación a actividades terroristas, en las cercanías de algún Regimiento Militar donde eran casualmente encontrados por algún miembro del mismo. La mencionada confesión era utilizada para fundar la iniciación del proceso ante el Consejo de Guerra. Las unidades militares elegidas a estos efectos fueron: el Regimiento de Infantería 7 de La Plata, el Regimiento de Infantería 6 de Mercedes y el Batallón Logístico 10 de Villa Martelli” (el resaltado pertenece al original).

18 Según consta en la causa “Primer Cuerpo”: “Durán Sáenz se alejó del centro porque una de las detenidas que solían tener acceso al dormitorio personal del mismo, realizó allí un llamado telefónico a su hogar, que al enterarse de esto la superioridad, y no poder Durán Sáenz justificarlo, el citado Mayor fue relevado y enviado al Regimiento VII de La Plata (…). Que en esa fecha, la CRI pasó a funcionar en un sector del Hospital del Regimiento de Infantería III de La Tablada” (v. resolución del juez Rafecas del 23/05/06).

19 En: Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). Un caso judicial revelador. Colección “Memoria y Juicio”. Publicado en www.cels.org.ar.

20 Testimonio de Alejandra Naftal en el Juicio a las Juntas Militares (causa nº 13/85, 4 de julio de 1985).