1. Función del "Pozo de Quilmes" en el circuito de centros clandestinos, y etapas diferenciadas durante su período de funcionamiento:

Tal como explicamos antes en este informe, el “Pozo de Quilmes” sirvió como lugar de detención de prisioneros clandestinos antes de comenzada la dictadura: al menos desde agosto de 19751 la dependencia policial alojó a presos políticos que fueron ingresados allí de manera clandestina (mediante una detención ilegal, incomunicados, a menudo torturados, y sin que hubiera un reconocimiento oficial ni a sus familias ni a la Justicia respecto de su detención en el lugar), y a los que en el transcurso de su paso por la Brigada se les inició alguna causa penal. Recién en ese momento eran puestos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (registrando como fecha de detención oficial la fecha del decreto PEN) y finalmente trasladados a unidades penales2

Esta utilización de la Brigada de Quilmes se encadenó, luego del golpe del ’76, con la llegada de los primeros detenidos ilegales secuestrados por la dictadura. Así, se dio una continuidad a su funcionamiento como centro clandestino de detención, que fue adquiriendo en poco tiempo la típica operatoria que caracterizó al resto de los campos de concentración que se instalaron con la llegada de la Junta Militar. El uso sistemático de la Brigada de Quilmes como CCD (es decir, su transformación en el “Pozo de Quilmes”) se terminó de concretar hacia agosto de 1976, y la llegada de prisioneros ilegales se masificó. La dependencia policial se integró con facilidad al circuito de centros clandestinos dependiente de la Jefatura de la Policía de la provincia de Buenos Aires (“Circuito Camps”), con una función específica primordial, favorecida por las “facilidades” de alojamiento del lugar, dado su gran tamaño: la de lugar de “depósito” de detenidos ilegales. De hecho, en muchos casos las personas permanecían en cautiverio allí durante varios meses.

Simultáneamente —si bien en algunos casos los prisioneros eran llevados a torturar e interrogar a otros campos de concentración (como el Destacamento de Arana y “Puesto Vasco”)3— el “Pozo de Quilmes” también funcionó como centro de torturas, sobre todo para grupos específicos de detenidos que guardaban alguna relación entre ellos (un mismo espacio de militancia, una misma nacionalidad, etc)4.

Aunque hubo breves etapas un poco más “permisivas” (si se permite el término) en el funcionamiento del CCD y en el trato a los detenidos ilegales (hubo algunos pocos casos de prisioneros a los que se les permitió ocasionalmente recibir la visita de familiares), el “Pozo de Quilmes” se caracterizó por la dureza de las condiciones de detención y la ferocidad de las torturas e interrogatorios.

Además, el “Pozo de Quilmes” —al igual que otros campos del “circuito Camps”, como el “Pozo de Banfield” y el COT1 Martínez— tuvo la particularidad de ser una de las piezas que aportó la Policía de la provincia de Buenos Aires al engranaje del Plan Cóndor, el aparato represivo coordinado por las dictaduras de los principales países del Cono Sur durante la década del ‘70.5

 

2. Ingreso y registro de los prisioneros:

Los detenidos ilegales ingresaban casi siempre en vehículos a través del portón corredizo. Aunque no se daba indefectiblemente en todos los casos, por lo general eran registrados inmediatamente después de su ingreso, o bien cuando se iban trasladados a otros centros clandestinos (incluso existen casos en que se los registraba a la entrada y a la salida, como el de Nicolás Arcángel Herrera6). Había una oficina específica en la planta baja, a la que se accedía desde el garage de entrada, donde se les tomaban los datos personales y se les secuestraban los documentos. Esto permite deducir que en el “Pozo de Quilmes” se confeccionaban listas en las que se registraba a los detenidos ilegales. De hecho, el sobreviviente Gustavo Calotti declaró que, durante sus últimos días de cautiverio en el centro clandestino, a varios prisioneros les realizaron incluso una serie de fichas dactiloscópicas.

Entre fines de noviembre y principios de diciembre de 1976, cuando llegó el traslado masivo de algunas víctimas del episodio conocido como xc “La Noche de los Lápices”, los prisioneros también fueron registrados. Nora Úngaro relató que “estábamos todos en hilera, cuando nos llevan y nos toman los nombres, nos separan a los hombres de las mujeres, subimos un piso me parece, una escalerita, Ana Diego y yo vamos a la misma celda y Eliana y Angela en otra celda”7.

En algunas ocasiones, luego del fichaje y antes de ser llevados a los calabozos o a las salas de tortura, los prisioneros pasaban las primeras horas de cautiverio en el piso del garage, o en el pasillo que comunicaba con la escalera.

 

3. Cantidad de prisioneros:

Durante el período de funcionamiento del CCD, hubo muchas variaciones respecto de la cantidad de detenidos. Según relatan los sobrevivientes, en los momentos en que había menos prisioneros, se encontraban allí cerca de ocho personas en cada piso. En los momentos de mayor circulación de prisioneros, llegó a haber cerca de 30 personas en cada piso, lo que llevaría el total de detenidos simultáneamente en el “Pozo de Quilmes” a unos 90, aproximadamente.

En cuanto al número total de prisioneros ilegales que pasaron por la Brigada de Investigaciones durante su funcionamiento como campo de concentración (antes y durante la dictadura), es difícil precisarlo con exactitud, debido a las condiciones de clandestinidad de los cautivos, su rotación y tránsito permanente, y la intencionalidad de ocultamiento de los responsables policiales y militares. Sin embargo, se han confeccionado listas tentativas y se pueden realizar algunas aproximaciones.

El equipo de investigación de Maternidades Clandestinas realizó un relevamiento para el presente informe que arroja los siguientes números8: 80 personas desaparecidas, 16 personas cuyo destino final se desconoce, 108 personas liberadas, 76 personas no identificadas y al menos 1 bebé nacido allí; un total de 281 personas.9

Otra estadística, extraída del reciente fallo emitido por el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata, que condenó a Miguel Osvaldo Etchecolatz en septiembre de 2006, registra los siguientes datos sobre el “Pozo de Quilmes”: 63 desaparecidos, 101 liberados, 23 cuyo destino se desconoce, 2 bebes nacidos en ese lugar10 y 62 personas que no están identificadas por apellido, sumando un total de 251 personas11.

 

4. Condiciones de vida: alimentación, vestimenta, higiene, comunicación:

El análisis de los testimonios de ex-detenidos desaparecidos que estuvieron en el “Pozo de Quilmes”, permite imaginar las condiciones infrahumanas de cautiverio que se daban allí: convivían hasta cuatro o cinco personas en calabozos —a veces inundados— de dos metros cuadrados, dormían en el piso y sin abrigo de ningún tipo (aún durante el invierno), casi no se alimentaban y debían hacer sus necesidades en las propias celdas.

El régimen de alimentación era un factor casi azaroso en el “Pozo de Quilmes”, que dependía de la severidad del período —cambiante con el paso del tiempo y los distintos mandos—: Luis Horacio Fernández, por ejemplo, relató que durante su cautiverio en Quilmes “cada cuatro o cinco días me daban agua y comía”.  Pablo Díaz, en cambio, que pasó cerca de un mes allí, cuenta que le daban de comer todos los días y que podían comer todo el pan que quisieran. La alimentación también variaba según la permisividad de cada guardia: el sobreviviente Néstor Busso cuenta que sólo en uno de los tres turnos se les daba de comer a diario.

Según declaró en el Juicio por la Verdad de La Plata Lucas Gumersindo Belich, quien estuvo a cargo de la Brigada por lo menos entre junio de 1976 y enero de 1977, la comida era traída desde otras dependencias por personal militar.

Como se mencionó, la alimentación no era constante, y variaba tanto su regularidad como su calidad. En general, por la mañana se traía a las celdas una olla con mate cocido hirviendo, y los prisioneros eran obligados a beberlo rápidamente, con lo cual sufrían quemaduras en la boca y las manos. Una vez por día, se les daba —en las etapas en las que efectivamente se los alimentaba— una pequeña ración de guiso frío, maíz o polenta, en general en mal estado. A veces eran las sobras de las comidas de los “presos comunes” o de los propios guardiacárceles. “La cantidad de comida dependía de la cantidad de detenidos”, contó el ex detenido-desaparecido Gustavo Calotti. A menudo, los prisioneros podían oler los asados que hacían los represores en la parrilla de la Brigada. En general, y salvo pocas excepciones, los detenidos eran obligados a comer con los ojos vendados, las manos atadas, y sin utensilios de ningún tipo. El sobreviviente Alcides Antonio Chiesa describió que “la comida era una forma... un sistema de tortura, nos traían tachos de comida que muchas veces lo dejaban a la vista, no lo entregaban y a veces nos lo daban cuando ya estaba en mal estado por lo que solíamos tener muy seguido intoxicaciones muy fuertes, a tal punto que una forma de autodefensa era esconder el pan para alimentarse a pan y no comer las comidas que nos traían”12.

Gracias al instinto de supervivencia de quienes estuvieron secuestrados en Quilmes, el régimen de alimentación fue utilizado —en los lapsos en que la frecuencia de la comida era diaria— como un mecanismo de control y registro entre los propios detenidos para detectar traslados o llegadas de nuevos prisioneros13.

Rubén Horacio Ares —que fue asistente del comisario Belich entre junio y septiembre de 1976 y dijo no tener acceso al sector en el que permanecían los prisioneros ilegales— relató que una noche un cabo de apellido Gómez le pidió que lo ayudara a darle de comer a los detenidos. Les sacaron las vendas y las ataduras para hacerlo. Días después Ares fue secuestrado y torturado por ese episodio: el mismo Gómez le dijo que uno de los detenidos a los que había alimentado esa noche lo había identificado como “comunista”.

La higiene de los detenidos era nula: en las etapas más permisivas del funcionamiento del CCD, los prisioneros eran llevados al baño una vez por día, y en algunas ocasiones las mujeres eran obligadas a hacer sus necesidades ante las burlas denigrantes de los carceleros. Varios detenidos pasaron todo su cautiverio —varios meses en muchos casos— sin poder ducharse ni una sola vez.

Para el depósito de excrementos y orina, los prisioneros utilizaban —con suerte— envases plásticos de lavandina14. “El tarro de lavandina, era nuestra taza de noche y a veces se juntaba las tazas de dos o tres o cuatro noches hasta que podíamos llevarla al baño a depositar nuestro escremento y orina”, relató también el sobreviviente Alberto Maly.

Es sabido que una de las funciones principales de la Brigada de Investigaciones de Quilmes fue la de depósito de los detenidos. Hubo quienes pasaron más de un año allí antes de seguir camino hacia la liberación o hacia la muerte. A través de sus testimonios se pudo saber que con el paso del tiempo, lentamente, el régimen de detención dentro del Pozo se fue volviendo más laxo. De a poco, se les permitió destabicarse dentro de las celdas y hablar entre ellos. Incluso, eran los propios carceleros quienes les advertían que se colocaran nuevamente las vendas cuando había visitas de autoridades policiales o militares ajenas al centro clandestino.

A medida que el cautiverio se prolongaba, los detenidos del Pozo fueron incursionando en formas de comunicación que eludieran la vigilancia de los captores. La precariedad de las paredes que dividían las celdas permitía susurrar entre una y otra en ausencia de los guardias. Por otro lado, el asiduo reacomodamiento de prisioneros de un piso al otro posibilitó un intercambio más fluido de la información.

En febrero de 1978, con la llegada de los prisioneros uruguayos, se generalizó un lenguaje de “código morse” con golpes en las paredes divisorias de los calabozos o a través de gestos, que fue utilizado para comunicarse entre los prisioneros de cada planta. A partir de ese momento, aquella jerga de señas fue un legado que se transmitía sistemáticamente de los “viejos” detenidos a los nuevos prisioneros que llegaban a la Brigada: “conseguía ver la parte del frente donde había una línea de cinco o seis celdas y algunos de los que estaba allí me empezó a enseñar por señas el lenguaje mudo, con las manos... que en unos días alcancé a aprender y después yo a su vez que estaba enfrente de los demás me permitía comunicarme, una comunicación muy elemental pero comunicarme con otros detenidos, que en general pasaban muy rápidamente15”.

 

5. Procedimientos de tortura

En el “Pozo de Quilmes”, la aplicación de tormentos físicos y psíquicos fue sistemática, incluso en prisioneros ilegales anteriores al golpe de Estado16. La tortura no sólo fue instrumentada como método de obtención de información, sino que además fue perpetrada como un sórdido divertimento de las patotas del CCD17.

Al igual que en los demás centros clandestinos de detención del “Circuito Camps”, en el “Pozo de Quilmes” los mecanismos de tortura física eran los golpes, la aplicación de picana eléctrica, el submarino seco y húmedo, y simulacros de fusilamiento, sólo por citar algunos. A menudo, se obligaba a los prisioneros a presenciar las sesiones de tortura a las que eran sometidos sus familiares y amigos.  Es el caso, por ejemplo, de Rebeca Krasner y su pareja Luis Alberto Santilli: “Nos bajaron de ahí, nos separaron, eh, a mí me llevaron a un lugar que había que subir las escaleras, abrieron un calabozo […] a Luis Alberto lo llevaron a otro lugar, durante tres horas yo escuché los gritos de su tortura, eh, al mismo tiempo que ellos ponían la radio muy fuerte”18. La aplicación de tormentos físicos era constante: en general, a los detenidos se los sometía a sesiones de tortura, luego se los dejaba “recuperarse” durante cuatro o cinco días, después eran llevados nuevamente a la tortura, y así sucesivamente.

La sala de torturas, que algunos sobrevivientes llamaron el “quirófano”, estaba ubicada en la planta baja y se accedía directamente desde el garage de entrada. Muchos detenidos bajaban de los autos y “pasaban” directamente a furibundos “interrogatorios” que se extendían, a veces, por varias horas. “Me sacaban toda la ropa, un colchón mojado, pies y manos estaqueado... perdóneme señor, así estaqueado en la cama, y mandaban ellos, lo primero usted lo sentía, después a lo último eran golpes nada más, no lo sentíamos nada... Yo calculo que me tenían ahí arriba de dos horas, Señor. Me dieron cuatro veces picana, cuatro veces, pero no 10 minutos, yo calculo que arriba de dos horas”, según relató el sobreviviente Luis Horacio Fernández19.

El submarino seco era una práctica muy común en el “Pozo de Quilmes”. Zulema Leira relató que “primero este, me empezaron a preguntar como les pareció que yo no les decía nada, con un almohadón me taparon la cara y me dijeron que cuando, quería hablar, que hiciera así con la mano, este y me sacaban el almohadón y bueno y yo cuando no di más hice así pero yo no tenía mucho para decir, bueno, me siguieron torturando y bueno, con promesas de seguir, más adelante”20.

Como en el resto de los CCD, en el “Pozo de Quilmes” también fueron constantes los tormentos psíquicos sobre los prisioneros, como otra forma de tortura. Las condiciones de detención y de vida, el trato violento de los guardias, los insultos y los manoseos hacia las mujeres fueron constantes.

Las violaciones por parte de los represores tampoco fueron extrañas en el “Pozo de Quilmes”. La sobreviviente Nora Úngaro contó que las prisioneras sufrían constantemente este tipo de vejámenes: “Había una especial cuestión con el tema de las mujeres, nos tenían que manosear, nos tenían que violar, eso con todas las presas”21. Los abusos, maltratos sexuales y agresiones verbales denigratorias hacia las mujeres eran parte del sistema de destrucción física y psíquica de las detenidas.

 

6. Asesinatos:

Si bien no fue una práctica sistemática —quizás porque la zona donde estaba ubicado era demasiado urbanizada— no faltaron los asesinatos en el “Pozo de Quilmes”, por acción o por omisión.

Varios testimonios coinciden al relatar la falta de atención médica al uruguayo Mario Martínez, cuando sufrió uno de sus habituales ataques de asma, a pesar de los gritos y súplicas de sus compañeros de cautiverio. Alcides Antonio Chiesa declaró que “el día que llegaron los uruguayos yo estaba abajo, los pusieron en esas celdas de abajo, yo no me acuerdo porque estuve solo un día con ellos, lo único que me acuerdo, una infausta circunstancia, porque uno de ellos llegó a tener exceso de asma muy fuerte, yo grité todo lo que pude para que alguien viniera a socorrerlo;  pero cuando vinieron ya era tarde, porque había muerto. Y luego me llevaron arriba...”.22

Es posible que hayan existido otros asesinatos en el CCD a causa de las salvajes sesiones de tortura. Alberto Maly relató que “cayó Rosen, que lo ví muerto, perdóneme, lo ví muerto a Rosen, de eso me la salteé, la primera vez que me bajaron, que me dieron máquina, que me dieron, que me torturaron en la parrilla como le decíamos, en, en, creo que era un tablón o algo que había ahí, estaba el cadáver de Rosen”. Y también contó que se rumoreaba que no era el único: “había otro cuerpo ahí y que me dijeron que era Pablo, yo a ese no lo ví, no puedo decir si era un tipo desmayado o si era otro que estaba esperando el turno”23

 

7. Actuación de los represores

El “Pozo de Quilmes” estuvo bajo la órbita de la Policía de Buenos Aires al menos hasta mediados de agosto de 1976, cuando por disposición de las autoridades militares quedó a cargo del Primer Cuerpo del Ejército. En aquella fecha, según la declaración del Comisario retirado Lucas Gumersindo Belich24, Etchecolatz le comunicó en persona que la Brigada pasaba a cumplir tareas exclusivas de “la lucha contra la subversión”, y a partir de ese momento, el CCD quedó bajo el mando de personal militar. Esta fecha es aproximadamente la misma en la que se registra el ingreso de los primeros detenidos ilegales luego del Golpe de Estado.

Esta circunstancia también es afirmada por el policía Carlos Roberto García, que en su declaración prestada en el Juicio Por la Verdad de La Plata refirió que quienes comandaban al personal de la Brigada eran militares, y que incluso ellos mismos conducían a los detenidos-desaparecidos a este centro clandestino. No obstante, ninguno de los policías mencionados descarta la participación del personal policial dependiente de la Brigada en el funcionamiento del CCD. Y sería riesgoso despreciar un dato fundamental: esta información proviene de dos miembros de la fuerza policial, sospechados de estar involucrados en los hechos, con las salvedades que ello presupone.

Por otro lado, un informe elevado por la Jefatura de la Policía25 en mayo de 1986 a pedido de la Cámara Federal de Apelaciones, indica que la dependencia pasó a manos de autoridad militar el 1/1/1977 por medio de un convenio celebrado entre el gobierno de la provincia, el Ministerio del Interior y el Ministerio de Defensa de la Nación (ratificado por la ley provincial Nº 8529). El documento dice que a partir de esa fecha no existen “antecedentes, constancias, ni resolución alguna, relativa al destino de dicho inmueble”, pero que “surge por expresiones de antiguos funcionarios, que durante el año 1976, se encontraron al frente de las mismas el Comisario Mayor (R.A) don Bruno Trevisán, […] y el ya citado en el punto anterior Crio. May. (R.A) don Lucas Gumersindo Belich”.

Más allá de testimonios y documentos policiales, los relatos de los sobrevivientes coinciden en que era personal de la policía quien se encargaba del “cuidado” cotidiano de los detenidos. Por otra parte, quién señala Belich como su sucesor es un Comisario Mayor, hecho que permite suponer que los hombres de alta jerarquía de la policía provincial continuaron teniendo injerencia dentro del funcionamiento del CCD.

Los represores que actuaban en Quilmes fueron vistos vistiendo uniforme y también de civil, indistintamente, y se llamaban entre ellos por apodos.

También es necesario agregar que los militares del Ejército Uruguayo se desempeñaban con total libertad e independencia dentro del CCD, al menos en lo que respecta a los detenidos de aquél país en el marco del Plan Cóndor.

 

7. a. Los jefes:

En su gran mayoría, los sobrevivientes —debido a que el trato directo era con el personal de guardia de la Brigada— no han podido identificar con nombre y apellido a quienes estuvieron a cargo del CCD. Sin embargo, existen listados de personal responsable que han sido brindados por organismos estatales, y complementados por algunos testimonios de policías que cumplieron funciones en el CCD, como ya fuera mencionado en el apartado anterior.26

Varios sobrevivientes del “Pozo de Quilmes” afirman haber escuchado o haber sido interrogados por el “Coro” o el “Coronel”, hecho que no determina que fuera autoridad militar, ya que existe más de un caso en que los policías de alta jerarquía se hacían llamar de esa forma.

 

7. b. Las guardias:

Las guardias estaban conformadas por el personal policial de la Brigada de Investigaciones de Quilmes. Había al menos tres vigilancias diferentes, que cumplían turnos de 24 por 48 horas. Los distintos turnos tenían a su vez diferentes características, respecto de la dureza en el trato con los prisioneros. El sobreviviente Néstor Busso declaró: “no había comida salvo una de las tres guardias, eran guardias de Policías aparentemente y con una rotación de 24hs. por 48, entonces eran tres guardias que se rotaban. Una de las guardias era particularmente agresiva, subían una sola vez por día a los golpes y amenazas, y no nos daban absolutamente nada de comer”.27

Varios testimonios son coincidentes en que el personal de guardia era quien se encargaba de llevarle la comida a los prisioneros. De hecho, casi siempre eran los carceleros quienes tenían contacto directo y permanente con los detenidos, y algunos sobrevivientes hacen una diferenciación respecto de las atribuciones de las “patotas”: “Cuando la patota no trabajaba ahí había dos sectores, uno que era el sector que reprimía en realidad, que era la patota la gente más pesada y después estaba la Policía, Policía que nos cuidaban a nosotros”, sostuvo Alcides Antonio Chiesa.28

 

7. c. Las "patotas":

Eran las encargadas de los operativos de secuestro, aunque a menudo también participaban de los interrogatorios y las sesiones de torturas. De acuerdo a lo narrado por el sobreviviente Alberto Derman, estos grupos eran conocidos como “patotas operativas” y también funcionaban en turnos.

Según señala Alberto Maly, la misma patota que lo secuestró lo bajó del auto y lo torturó dentro del “Pozo de Quilmes”: ''me bajaron del auto, me ataron a un, a una columna o poste, [...] después me sacan, me desnudan, me tiran en lo que yo supongo que sería un catre de hierro, un elástico, algo por el estilo, me atan de los pulgares y de los dedos del pie, los dedos mayores del pie, me estiran, me rocían, supongo que con agua o con alcohol no sé, y ahí empiezan a aplicarle la picana”.29

 

7. d. Visita de represores de alta jerarquía:

Carlos Roberto García mencionó que el entonces Director de Investigaciones de la Policía provincial, Miguel Osvaldo Etchecolatz, visitó este CCD en al menos dos oportunidades.

También Alberto Derman afirmó que recuerda que en alguna oportunidad hubo una visita “de alguien importante”, que inspeccionó el lugar y recorrió las celdas de los detenidos clandestinos.

En enero de 1978 inspecciona el centro Guillermo Suarez Mason, comandante del Primer Cuerpo del Ejército. Es reconocido por el sobreviviente Alcides Antonio Chiesa, quien agrega que después de aquella visita se producen algunos traslados numerosos y el CCD empieza a vaciarse. Al mes siguiente, en febrero, se produce el ingreso masivo de los secuestrados uruguayos.

 

7. e. Atención médica:

Aunque por lo general los detenidos-desaparecidos no recibían ningún tipo de atención médica, ni siquiera estando heridos o en proceso de recuperación, se sabe por el testimonio de sobrevivientes que como en la mayor parte de los CCD del Circuito Camps, era el médico policial Jorge Antonio Bergés quién se ocupaba de la “atención médica” de los prisioneros. Uno de estos casos es el de Alcides Antonio Chiesa: “al que vi, porque me atendió, porque tuve una infección por la tortura en un pie y vino a atenderme fue al Doctor Bergés, Médico Policial.”30

Distinto era el caso de Osvaldo Busseto, quien había sido herido de bala en su secuestro y operado mucho tiempo después en el Hospital Naval Militar de Río Santiago. En Quilmes se encontraba en pésimas condiciones físicas pero no recibía ningún tipo de atención, por el contrario, era sometido a salvajes sesiones de tortura.

Uno de los episodios más dramáticos que relatan los prisioneros del CCD es el de Mario Martínez, uno de los detenidos uruguayos, que murió de un ataque de asma en el “Pozo de Quilmes”, pese a los reclamos de los detenidos para que le suministraran los medicamentos correspondientes.

A Alberto Maly le sucedió algo similar: requirió atención médica porque padecía un problema hepático. Nadie lo asistió, pero supo de la presencia del médico Jorge Antonio Bergés en el centro clandestino. El propio Maly lo recuerda como “el ángel de la muerte”.


1 Existe al menos un antecedente de que en la Brigada de Investigaciones de Quilmes se haya alojado a personas detenidas ilegalmente en épocas de regímenes dictatoriales previos a la última dictadura. Se trata del caso de Alberto Clodomiro Elizalde —ocurrido en 1971, en plena dictadura de Alejandro Agustín Lanusse—, que se encuentra narrado con detalle en el libro “La Voluntad”, de Eduardo Anguita y Martín Caparrós. Elizalde, un militante del ERP, fue secuestrado de su casa de La Plata el 17 de noviembre de 1971, por una patota de la Policía de la provincia de Buenos Aires. Encapuchado y esposado, fue trasladado a lo que después supo que era el Destacamento de Arana (que durante la última dictadura también supo funcionar como CCD), en donde fue brutalmente torturado con picana eléctrica y golpes. Luego, tras decirle “ahora te vas al infierno”, lo llevaron a la Brigada de Quilmes, en donde fue alojado temporariamente con un preso común. El detenido le dijo que allí los presos políticos “cobran como locos”, lo que permitiría inferir que el paso de Elizalde por la Brigada como prisionero político ilegal en ese período no fue el único. Estando detenido en la Brigada, fue llevado nuevamente a Arana para más sesiones de tortura. Según Elizalde, la Brigada cumplió la función de albergarlo el tiempo suficiente para que las huellas de la tortura se borraran antes de que la Policía provincial oficializara su detención, cosa que ocurrió pocos días después. Antes de ser trasladado al penal de Devoto (de donde fue liberado recién en mayo de 1973), Elizalde fue trasladado a la Comisaría 9º de La Plata, y luego nuevamente a la Brigada de Quilmes. (En: Anguita, Eduardo y Caparrós, Martín. La Voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1976-1978. Tomo II: “El cielo por asalto”. Booket, Buenos Aires, 2006. Reedición en cinco tomos).

2 A modo de ejemplo, podemos mencionar el caso de Francisco Virgilio Gutiérrez, por entonces operario de la fábrica SAIAR, que fue secuestrado el 9 de agosto de 1975 y llevado a la Brigada de Investigaciones de Quilmes. Recién el 25 de agosto, a los 16 días de estar detenido clandestinamente en ese lugar, se emitió el decreto que lo ponía a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Gutiérrez fue entonces trasladado a la Unidad 9 de La Plata y a los penales de Sierra Chica y Caseros, y fue liberado en diciembre de 1982, siete años después de su secuestro.

3 Más adelante se desarrollará la conexión operativa que el “Pozo de Quilmes” tenía con otras dependencias represivas pertenecientes a las distintas fuerzas armadas y de seguridad.

4 Pese a los numerosos testimonios que corroboran que fueron interrogados y sometidos a sesiones de tormentos en el “Pozo de Quilmes”, el ex jefe del centro clandestino durante 1976, Lucas Gumersindo Belich, declaró en el Juicio por la Verdad (en agosto de 2004) que la dependencia policial a su cargo “era depósito nada más, porque los traían (a los detenidos) y se los llevaban, ahí no había nadie que interrogara, nada por el estilo”.

5 Más adelante se ampliará en un apartado el rol que cumplió el “Pozo de Quilmes” dentro del Plan Cóndor.

6 Testimonio de Nicolás Arcángel Herrera en el Juicio por la Verdad de La Plata (causa nº 2398/SU, 12 de octubre de 2005).

7 Testimonio de Nora Alicia Úngaro en el Juicio por la Verdad de La Plata (causa nº 536/SU, 1 de marzo de 2000).

8 La lista fue confeccionada en base a un Trabajo de Recopilación de Datos (TRD) realizado por la Asociación de Ex-Detenidos Desaparecidos (AEDD), y luego complementada y ampliada con la lectura de otros testimonios y diversas fuentes documentales.

9 La base de datos reconstruida en este informe corre el riesgo de ser inexacta: no sólo por los detenidos que pueden no figurar o estar computados erróneamente, sino porque varios de los casos de personas no identificadas seguramente coinciden con algunas de la tabla de confirmados, por lo que el número total real de prisioneros podría diferir del estipulado en esta investigación.

10 Se hace la salvedad del caso de Silvia Isabella Valenzi, una detenida embarazada que el 2 de abril de 1977 dio a luz a una niña, no en el CCD mismo, sino en el Hospital Municipal de Quilmes –a dos cuadras-, donde debió ser trasladada de urgencia. Silvia Valenzi continúa desaparecida y también su hija, que habría sido robada del hospital unas horas después del parto. El caso se desarrollará en profundidad en el apartado “caso por caso” de mujeres embarazadas.

11 Fallo del Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata, integrado por Carlos Rozansky, Horacio Isaurralde y Norberto Lorenzo, en la causa nº 2251/06, caratulada “Etchecolatz, Miguel Osvaldo s/privación ilegal de la libertad, aplicación de tormentos y homicidio calificado”, que tramitó durante su instrucción ante el Juzgado Federal Nº 3 de La Plata, bajo la carátula “Schiffrin s/denuncia”. El fallo citado condenó el 19 septiembre de 2006 al ex Director de Investigaciones de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, Miguel Osvaldo Etchecolatz, a reclusión perpetua por delitos de lesa humanidad cometidos en el marco de un genocidio.

12 Testimonio de Alcides Antonio Chiesa en el Juicio por la Verdad de La Plata (causa nº 883/SU, 15 de agosto de 2001).

13 Norma Leanza de Chiesa y Alberto Maly hacen referencia al “Proco”, una especie de prode que circulaba por las celdas donde los cautivos apostaban cuál sería la comida del día, aunque su verdadera finalidad era “saber la cantidad de gente que había, si estaban siempre los mismos, si alguno nuevo, si se habían llevado a alguien”.

14 Rubén Fernando Shell cuenta que en una de las celdas habían encontrado un tacho metálico de galletas que habían bautizado “El potro redomón”, y que utilizaban para defecar y orinar. Legajo CONADEP nº 2825.

15 Testimonio de Néstor Bernardo Busso en el Juicio por la Verdad de La Plata (causa nº1553/SU, 15 de marzo de 2000).

16 Francisco Virgilio Gutiérrez estuvo detenido clandestinamente entre de 1975 en la Brigada de Quilmes, y escuchó como por las noches se torturaba a los prisioneros políticos.

17 Cuando declaró en el Juicio por la Verdad de La Plata (causa nº 2282/SU, 7 de julio de 2004), Alberto Maly contó que antes de la tercera sesión de tortura alguien le dijo “no, hoy tenía ganas de picanear a alguien y te bajé a vos”. 

18 Testimonio de Rebeca Krasner en el Juicio por la Verdad de La Plata (causa nº 444/SU, 1 de diciembre de 2004). Luis Alberto Santilli continúa desaparecido.

19 Testimonio de Luis Horacio Fernández en el Juicio por la Verdad de La Plata (causa nº 1946/SU, 17 de noviembre de 1999).

20 Testimonio de Zulema Leira en el Juicio por la Verdad de La Plata (causa nº 2306/SU, 3 de agosto de 2005).

21 Testimonio de Nora Úngaro en el Juicio por la Verdad de La Plata, anteriormente citado.

22 Testimonio de Alcides Antonio Chiesa en el Juicio por la Verdad de La Plata, anteriormente citado.

23 Testimonio de Alberto Maly en el Juicio por la Verdad de La Plata, anteriormente citado.

24 Declaración informativa de Lucas Gumersindo Belich en el Juicio por la Verdad de La Plata (causa nº 1100/SU, 25 de agosto de 2004). Según esta declaración, Etchecolatz le dio 8 o 10 días para que reubicara a los presos comunes en Comisarías de la zona y luego fue reasiganado a una comisaría en San Miguel. También declaró que su sucesor al mando del “Pozo de Quilmas” fue un comisario de apellido Carrizo.

25 Informe de la Jefatura de la Policía de la provincia de Buenos Aires, fechado el 16 de mayo de 1986, citado anteriormente.

26 Véase también el anexo de listados de represores y personal de la Brigada, que acompaña este informe.

27 Declaración de Néstor Busso en el  Juicio por la Verdad de La Plata (causa nº 1553/SU, 15 de marzo de 2000).

28 Testimonio de Alcides Antonio Chiesa en el Juicio por la Verdad de La Plata, citado anteriormente.

29 Declaración de Alberto Maly en el Juicio por la Verdad de La Plata, citado anteriormente.

30 Testimonio de Alcides Antonio Chiesa en el Juicio por la Verdad el día 15/08/2001.