Miradas al Sur, 22 de noviembre de 2009 |

La libertad no se entiende sin la identidad

Por Pablo Llonto

El recuerdo apareció hace unos días. Fue cuando el Senado votó las leyes que muy pronto tendremos como patrimonio universal en la legislación sobre Derechos Humanos. Era en 1983. Septiembre. Decenas de jóvenes pintaban sobre papeles de diarios que habían ensamblado como láminas de dos metros, las siluetas de hombres y mujeres. Sobre ellas, un nombre, un apellido y una fecha. De pronto, algunas de aquellas siluetas voceaban otra historia. Siluetas de mujeres embarazadas, siluetas de niños o niñas.

Los ojos de aquellos jóvenes pintores no eran ojos tristes. Mucho menos eran ojos de la derrota. Sus ojos ayudaban y ejecutaban el mismo ritual: pintar, pegar, colgar. En cuestión de horas Plaza de Mayo, avenida de Mayo y muchas calles del centro quedaron relucientes de un reclamo visual impactante: ¡con vida los llevaron, con vida los queremos! La consigna era para todos, pero se sabía que el sueño de lograrlo tenía un más claro destino: los niños. A los niños se los podía encontrar.

Cuando las recientes leyes votadas entren en vigencia y las heroicas Abuelas rompan de nuevo el cerco de la mentira y el olvido encontrando otro nieto, aquellas siluetas agradecidas, tal vez estropeadas en algún cajón o en algún galpón, irán rumbo a los 27 años, después de ver como pasaban jueces, normas, fallos, libros y doctrinas.

El derecho y la justicia eran infames en 1977 cuando ellas se juntaron bajo el jacarandá que las vio unidas por primera vez. Luego vinieron otros tiempos y otros códigos y otros jueces. Y siempre las abogadas y abogados que llevaban causas de nietos a recuperar debían saltear obstáculos, textos, demoras, maldades e ineficacias. Salvo la honra de unos pocos magistrados, el equipaje judicial no fue liviano.

Ahora, esta serie de leyes que reconstruyeron consensos y creaciones inteligentes nos permitirán el orgullo de tener las mejores herramientas para evitar algunos estúpidos fallos que dieron vergüenza.

Dirá una de estas leyes que los jueces están facultados a obtener el ADN con "admisibles mínimas extracciones de sangre, saliva, piel, cabello u otras muestras biológicas, a efectuarse según las reglas del saber médico, cuando no fuere de temer perjuicio alguno para la integridad física de la persona sobre la que deba efectuarse la medida, según la experiencia común y la opinión del experto a cargo de la intervención. La misma será practicada del modo menos lesivo para la persona y sin afectar su pudor..."

Un buen adiós para las discusiones sobre compulsividad. Las palabras de Vicky Donda al apoyar las nuevas leyes sobre ADN enseñan mucho a quienes aún dudan de cuáles son los derechos que debemos privilegiar bajo ciertas urgencias. Habló de la libertad y lo hizo en nombre de muchos hijos que fueron apropiados: "Somos libres porque recuperamos lo que nos robaron, porque pusimos las cosas en su lugar y así pudimos entender nuestro ADN, ése que nadie pudo cambiar".

La recuperación de identidad como parte de la defensa del derecho a la libertad. Nada menos. Pero, con las leyes, ¿alcanza? A lo mejor sí. Es decir, veremos a los jueces en acción. En el país donde el Poder Judicial nos debe autocrítica, limpieza y democracia.

Todos los días, sabemos, nos persigue el latiguillo demoledor de "la ley es lo que los jueces dicen que es". Y en definitiva quedamos, como sociedad, a merced del único poder que no es elegido por el voto popular y directo.

Si algún día en las facultades pretendieran enseñar cuáles han sido las causas que demostraron la existencia de una Justicia especial para ricos, sólo habrá que llevarles el expediente "Noble". A siete años de ser enviada unas horas a prisión VIP ante la evidencia de dos adopciones ilegales, la dueña de Clarín goza de las atenciones de unos cuantos jueces, camaristas y miembros de la Corte Suprema que no tienen ni valentía ni coraje ni voluntad para terminar con una de las más grandes barbaries que se cocinaron en Tribunales. ¿Quién va a ponerle fin al ocultamiento de la apropiación de Marcela y Felipe Noble?

Por eso se aplauden estas leyes, con las mismas manos con que se escriben los reclamos para que aparezcan jueces que tengan la visión (cristiana, diría mi abuelita) de proteger a los más débiles.

Pero cerrar esta columna sin acordarnos de una mujer, puede resultar irrespetuoso.

Mire señora Carrió, o Lilita, o Elisa María Avelina. Usted ya está grande. Cumplirá 53 años el mes que viene y no es grato, para tanta madurez, que ande por allí mendigando dos o tres minutos de televisión en algún programa.

Ya sabemos que a usted la ley de ADN que se ha votado esta semana en el Senado, le parece una ley fascista. Y que seguramente, cuando asuma como diputada, coherente con su pensamiento y sus principios intentará, después del 10 de diciembre, lograr una alianza con el solitario senador salteño Juan Pérez Alsina, el único que se opuso a la norma que permitirá conseguir ADN por otros medios.

Por eso permítanos el consejo: busque en alguna de sus alacenas bebidas espirituosas, o un buen whisky, y relájese escuchando un poco de música. Por ejemplo, aquel tema de Sabina: Doble vida.